Cansada, y confundida, víctima de la tempestad hormonal que supone el cambio, la mujer estaba exhausta. La alegría de tener en sus brazos a su hijo recién nacido era poco perceptible, debido al cansancio, y la tristeza que se instala con el abandono y la soledad. Criar a su hijo sola suponía una tarea tremenda y el camino se hizo muy difícil. La mujer caminó, siguió la larga senda que se abría frente a sus ojos, caminó por cerros y montañas... tropezó y se sintió mareada. Cogió a su hijo sacándolo de la tela que la rodeaba, se acercó a la cima de la montaña, y alzó a su hijo, al borde del precipicio. En ese momento se abrió el cielo y las voces de los Dioses le hablaron. Le dijeron, ofrece a tu hijo. Como un sacrificio. Déjalo caer al precipicio. Entréganos a tu hijo, y tu vida será mejor. Serás admirada; exitosa, tendrás innumerables bienes, tu vida será toda entera para ti. Tendrás el tiempo y la energía para desarrollar todas tus capacidades, y el mundo se rendirá a tus pies. En...