Amigos sin dinero.
Todo fin mediatiza. Demasiadas veces, la necesidad por conseguir condiciona la actitud. Se entra en un proceso de desdoblamiento de personalidad, y a nuestro propio doble se le fuerza a parecer sin ser, a asentir sin discernir, a agradar sin aprobar. El objetivo es caer muy bien, porque así te levantarás mejor.
Cuando la consecución del fin obsesiona, el interés fuerza todas las actitudes. La amistad por puro y rasante interés clasifica y condiciona personas, relaciones, opiniones, movimientos, complacencias, tics y tacs.
Vivir va dejando de ser hermoso convivir y se transforma en un rasante comerciar, en el que todo el saber de los grandes hipermercados es un juego de niños. La real subsistencia diaria se dirime en un macromercado de cerebros enjaulados por los códigos de barras "a ver qué vendo-a ver quién me lo compra".
La gran pregunta es... ¿queda alguna escapatoria?
Sí, la hay y a veces hay que aferrarse a ella, más que como clavo ardiendo, como brote prometedor.
La amistad pura, auténtica, constructiva, discernida y argamasada sólo existe cuando dos humanos establecen una sublime alianza en la que entre ambos no existe nada que comprarse ni nada que venderse. En la que no late más interés que el del cerebro tranquilo, desconectado de toda sístole y diástole de cartera nerviosa.
La auténtica amistad es la que carece de todo interés. Es esa que, a veces, culmina en amor.
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