Breve historia de mi vida y de la infancia de mi hijo Pablo.

Nací en un hospital de Las Condes. Un día miércoles, a mediodía. No se registró la hora exacta pero mi madre me dijo que fue muy cercana a las 12.

Mi casa familiar estaba ubicada en el barrio donde la avenida Las Condes hace esquina con la avenida Las Tranqueras, cerca del Tavelli. No había muchas tiendas cerca, sólo muchas casas y calles. Árboles y veredas. Vivíamos enfrente de un hombre que arreglaba televisores y tenía una TV pegada en la pared.

Mi papá me llevaba a comer helados los domingos. Nos levantábamos y nos íbamos a misa, a la pequeña iglesia del convento de la calle Belén. Entrábamos al templo,  dejábamos a mi mamá y a mi hermano en las filas de adelante y nosotros nos íbamos un poco más atrás, cerca de la puerta, y escapábamos cuando el cura decía "oremos"... cruzábamos el umbral de la puerta y desaparecíamos en dirección al kiosko y la heladería. En ese rato mi papá compraba el diario y me compraba un cucurucho de helado en el Tavelli. Como buen uniformado, calculaba el tiempo exacto para no volver tarde a la iglesia, y que mi mamá no se diera cuenta del engaño. Entrábamos a hurtadillas aprovechando el barullo de cuando estaban dando el saludo de la Paz; (mi saludo, por cierto).

A mí me gustaban los perritos de la calle. Supongo que en mi educación, marcada por el catolicismo, veía en los perritos al desvalido, a ese ser que merece y necesita mi ayuda, mi cariño y mi comprensión. Hubiera adoptado a todos los perritos que encontraba. Y los gatitos. Y las ratas, en fin, todos los animales me han despertado siempre este sentimiento de protección.

A mi mamá le gustaba llevarme a comprar ropa al Apumanque. Yo nunca le encontré mucha gracia a comprar ropa pero disfrutaba de pasar ese rato con mi mamá. Ella me reprochaba no estar agradecida porque me compraba ropa. Decía que ella hubiera sido feliz si de niña la hubieran llevado a comprar ropa.

Aunque vivía en una casa al principio pequeña, luego mis padres la remodelaron y tuvo un segundo piso, con habitaciones enormes de grandes. Al final tuvimos hasta piscina. No tuve auto a los 18. Ni a los 20. Mi primer auto me lo compré yo, el 2011, un Seat Ibiza. Cuando ya vivía en Ibiza. A la semana lo tuve que devolver porque estaba tan viejo y tan malo que al que me lo vendió le dio tanta vergüenza que me devolvió la plata. Después de eso alquilé auto, días sueltos, después compartí el auto de una amiga en Barcelona hasta que un día se lo llevó la grúa, y ya tenía tantas multas impagas que era mejor darlo por perdido.

Cuando estudiaba en la Universidad de la calle Portugal, en Santiago, vi unas botas originales de Dr. Martens color manzana verde que llegaban casi a la rodilla, y que estaban en una tienda perdida en el centro; no deben haber costado más de diez lucas, y le pedí a mi papá que me las regalara para mi cumpleaños. Recuerdo que él me dijo "¡qué fácil es hacerte feliz!", cuando volvíamos en la micro El Golf - Matucana, de vuelta para la casa. Me vestía fatal pero a mí me gustaba, de colores chillones. Una vez en el metro una señora se persignaba cuando me vio con mis botas verdes.

Yo tuve a mi hijo. La decisión la tomé creo que como parte de mi educación medio católica o por el bombardeo hormonal del embarazo, (ya tenía ocho semanas cuando me di cuenta de mi embarazo), me aferré a la idea de tener y proteger a mi hijo, pero no creo en imponer las propias convicciones a los demás y defiendo el derecho de las mujeres a hacer lo que les dé la gana con su cuerpo y sus embarazos. Cada una es un individuo y sabrá por qué hace lo que hace; nadie tiene el derecho a decirte cómo vivir tu vida. También, en algún momento de profunda ingenuidad, pensé que al progenitor de mi hijo se le iba a pasar la pataleta y iba a reaccionar, ya que en algún momento me prometió que iba a hacer lo correcto y iba a ser un padre, aunque algo ausente, para el niño que crecía en mi barriga. Nunca le pedí que fuera mi pareja, sólo el padre que el niño iba a necesitar. Pero eso nunca pasó. Y el niño que no ha conocido padre, créanme, no siente su falta.

Mi hijo nunca lloró. Tuve un parto complicado y no recuerdo si lloró al nacer, recuerdo que la enfermera me despertó con él en sus brazos, y yo apenas vi dos círculos negros envueltos en una gasa como un calcetín puesto cubriéndole la cabeza. No recuerdo que llorara. Y cuando me llevaron a mi habitación, él ya estaba ahí, tranquilito, esperándome. Esperando mi teta, en realidad.

Me había informado mucho del momento del parto, como cada mamá primeriza, y quería hacer el apego de que pusieran sobre mí al niño cuando nace para que él solo encuentre la teta y empiece bien su vida. Pero resultó de otra manera, a mí me hicieron un tajo para sacarlo rápido ya que se estaba ahogando y el apego lo hizo con mi madre; ella dice que el niño lloraba, y ella también, de emoción y susto, porque pensaba que igual yo me iba a morir, y qué iba a hacer ella con un niño recién nacido y sin madre. Además en otro país, en fin, hubiera sido una odisea. Dice que la llevaron en silla de ruedas hasta mi habitación, la gente la miraba estupefacta, ¿esta mujer de 70 años con un niño recién nacido?, ¿habrán pensado que era suyo? La ciencia avanza a pasos agigantados.

Vivimos tus primeros días en Salomó, el pueblo que consta en tu acta de nacimiento. No tenía más de 500 habitantes, y en realidad ni estaban en el pueblo. Nuestra primera morada fue la casa de Stefan Lechner, es una casa preciosa de dos plantas, donde pasé también los últimos días de mi embarazo. Cuando eras pequeño le decíamos "el pueblo de las campanas" ya que la casa de Stefan estaba muy cercana a la plaza de la iglesia y para mi fortuna, las campanas tocaban los cuartos; es decir, sonaban cada quince minutos. Una suerte para lo poco que dormía ya con Pablo recién nacido y con teta a libre demanda. Lo amamanté exclusivamente de leche hasta los seis meses, ni agua bebió, y luego con alimentos incorporados hasta los dos años y medio. El día más feliz de su corta edad fue cuando descubrió que yo no tenía una teta, sino dos. Menudo descubrimiento, estaba tan feliz que pasaba de una teta a la otra por pura diversión. Su cara lo decía todo.

Sus primeras palabras no las recuerdo, mi madre le repetía para que dijera "Mamá" y "Yaya"; pero sí hizo una cantidad no menor de variaciones de palabras para explicar cosas. Siempre habló muy claro y pronunciando bien cada sílaba, sólo hay alguna traba que persistió hasta los 4-5 años, cuando se le junta una R y una T (como en "Puerta", que es "Puelta", y siempre me gusta pedirle que diga "La Puerta Verde" para que me diga "La Puelta Velde"... y me encanta y después lo agarro a besos. Esto se aplica también cuando llega de la escuela deportiva y me dice "Mamá, he ganado, soy el ganadol".

También cuando más pequeñito le gustaba jactarse de su buena pronunciación (2-3 años); entonces cuando había público yo le preguntaba; Pablo, di "Alfombra" y él repetía "Alfombra", ahora di "Manzana", y él repetía; "Manzana", di "Mandarina" y él decía clarito "Mandarina"; di "Hipopótamo", y él decía "Hipotópano". También cuando estaba enfermito me decía que le pusiera el "Termóptero". Y cuando disfrutó mucho una leche con chocolate, se relamió y me dijo "Hmmm... Deliciosio"...

Usó el móvil desde pequeño, sin internet pero con mi supervisión. Le entregué sólo las herramientas adecuadas, algún puzzle, y lo que le gustaba mucho, una grabadora de voz. A los años apareció Minecraft, que ha sido su entretención preferida, y Cuando lo compramos, tuve que también aprender a jugar para saber en qué estaba metiendo a mi hijo; a mí me pareció una herramienta fabulosa.  gracias a él ha aprendido a sumar, multiplicar, los números múltiplos de 64 y un sinfín de palabras en inglés. Incluso ha aprendido algo de programación. (6 años). Es muy bueno en matemáticas y lee rápido y bien.

Creo que la educación es el ejemplo. Trabajo sólo media jornada porque creo que es ridículo creer que la educación es el ejemplo y creer que puedo darle "el ejemplo" a mi hijo si lo veo apenas cuatro horas al día, "el ejemplo" lo va a tener entonces de otras personas y no de su madre. Además, ese "ejemplo" le está diciendo a mi hijo que prefiero estar fuera las ocho horas laborales, más las dos horas de transporte y la hora y media de comida; y no estar con él. Los niños no entienden el concepto de trabajar, ni el de obligación; así que para ellos sólo estás ausente. Y creo que eso, a una corta edad, se interpreta inmediatamente como una preferencia fatal. "Prefiere estar en otro lugar y no conmigo".

Me ha sido casi imposible trabajar cuando mi niño era pequeñito, porque los bebés necesitan mucho de sus madres y las madres necesitamos mucho a nuestros bebés. Y además, pagar a otra persona para que lo cuide aquí es carísimo y se llevaría prácticamente todo mi sueldo. Así que sólo necesito ganar lo suficiente para pagar un alquiler, las cuentas y que podamos comer y vestirnos. Y echarle bencina a mi furgoneta del año 1999. Al ser un niño que crece en una familia monoparental, creo que es aún más importante la presencia de la madre (o del padre, según sea el caso) y no de terceros que van a acabar criando a tus hijos a su manera, y no a la tuya.

Además vivimos en otro país, estamos lejos de la familia y de la influencia que podrían tener sobre él, o los comportamientos que podría él adoptar de otros miembros. Esta cercanía exclusiva con mi hijo ha creado en nosotros una relación muy especial y maravillosa, ha aprendido a ser respetuoso y tranquilo, no tiene ansiedades. Me hace ponerme en su lugar en cada cosa que ve, que siente, entiendo su línea de pensamiento y puedo adelantarme a sus emociones; es un niño que se siente querido, tiene una autoestima alta y es seguro de sí mismo.

Es divertido y tremendamente regalón, pero no malcriado. Tampoco le pone mucho interés a la ropa que lleva ni al precio del juguete que le compro. Sabe que la mamá a veces no tiene plata y no hace pataletas. Sabe que la mamá tiene que ir a trabajar y aunque no le gusta, alega sólo un par de minutos y luego entiende. Damos largos paseos por el campo y hablamos con los pajaritos. Vivimos en un lugar privilegiado, rodeado de naturaleza, con pinos y higueras, granados y frutales de los Payeses que vivieron antiguamente en esta casa, y huertas, y caballos de los vecinos de alrededor. Además, es una isla; y si hace calor, la playa la tenemos a 15-20 minutos de conducir. Hay playas hermosas, aunque las más bonitas están más lejos, pero vale la pena el viaje.

Cuando era pequeño, él no lo recuerda, pero viajamos un montón. Cuando tuvo tres meses, cogimos un vuelo desde España a Chile para visitar a la familia. Cuando volvimos, él ya tenía siete meses. En ese trayecto pasamos por Argentina, Holanda y finalmente llegamos a Barcelona. Nos acogió la Francisca, una antigua amiga de mi colegio que estaba viviendo en la ciudad. Allí cogimos un tren a Salomó para recuperar mi coche, una furgoneta Renault Kangoo del año 1999. Ya era 2014.

Gracias a los años pasados en Barcelona, guardo muy buenos amigos allí. Una de ellas me dejó por un tiempo su departamento en Cambrils, un precioso pueblo de la costa de Cataluña. Allí compartimos con ella, que vino de visita, y fuimos también a visitar a su padre, un excéntrico arquitecto que tenía una casa preciosa. Desde allí también fuimos a visitar a nuestro amigo Stefan y a Rosi, de Salomó, una mujer maravillosa. Dejamos también otros afectos, tuviste una abuela postiza también, Juanita, una mujer muy amable que hasta nos trajo comida cuando estuve embarazada y luego te hizo regalos muy bonitos... tu peluche de Tiger, entre otros.

Comentarios

Entradas populares de este blog

COOL.

ENFERMEDAD.

Life ain't fare.